
En pleno 2010, hay un nuevo sustituto de las catedrales, atrás quedaron las antiguas iglesias oscuras y repletas de imágenes. Las veladoras y las candelas cambiaron la cera por el llamativo neón. Los sacerdotes que predicaban el Evangelio fueron cambiados por los banners que anuncian las rebajas y los plazos con los que podés sacar una pantalla plasma o un Wii. Las romerías se volvieron de chavalos en pelotas, de familias enteras que adoran al consumismo. La hostia y el vino se transformaron en Coca cola y en hamburguesas de Mcdonalds o de Burger Kings. Ya no hay transubstanción, sino comidas altas en calorías y smoothies del Eskimo made in Nicaragua. Las vigilias ahora son largas filas para entrar al cine a ver la última película de Sex and the City mostrando modas demasiado arriesgadas para nuestro polvoso país. El sudor con que recogías el diezmo en vez de depositarlos en las alcancías o en las canastas que recogen la colecta, los entregamos a un sonriente vendedor que nos entregan un recibo dolarizado. Cientos de personas visitamos a diario la Catedral de Nuestro Señor de la Billetera para embelesarnos con infraestructuras que nos hacen olvidar que después del muro no hay un anillo de pobreza, una parada llena de ladrones y de señoras vendiendo mangos, de chavalitos pidiendo un peso. Adentro, en las tiendas olorosas a fragancias extranjeras, nos sentimos en el Primer Mundo, nos trasquilan, nos estafan y mansamente le entregamos el billete que tanto nos costó ahorrar, o pagamos con la tarjeta que nos hace sentir más poderosos, completando un segundo robo.
